PROBABILIDADES
Un caos estaba a punto de
comenzar a primera hora de la mañana, los duros pasos de los representantes de
ASO eran pronunciados con fuerza… Sus palabras se harían valer sea como sea en
ese mismo lugar.
Bajaron de los vehículos,
Albert y Jhonny intercambiaron miradas junto con su otro acompañante Frederick,
las puertas de sus vehículos se cerraron casi como una coreografía musical, todas al mismo tiempo. Arreglaron sus
gafas oscuras, los broches de sus relucientes abrigos y juntos decidieron
entrar a St. John en busca del arma más poderosa que tenían y que claro, no
dejarían que nadie les arrebatara.
La puerta de entrada se
abrió de par en par, las fuertes palmas de los tres hombres venían con una idea
en mente y no darían su brazo a torcer por nada. Caminaron hasta el mesón de
recepción y pidieron hablar con el encargado de admisión: William Vleck. La señorita en cuestión se puso nerviosa y por
teléfono pidió la presencia de dicho doctor, los tres agentes decidieron
esperar de pie en medio de la entrada, logrando así atraer atención de ojos que
no entendían la razón de su presencia…
William Vleck apareció
nervioso saliendo desde una puerta que llevaba adentro de las instalaciones,
Jhonny se percató de su persona y se los hizo saber a sus dos compañeros
tocándoles levemente sus hombros. En ningún momento se quitaron las gafas, a ellos les gustaba parecer interesantes…
–
Tanto tiempo sin vernos – dijo irónico el rubio.
–
Buenos días
señores… – titubeó el doctor.
–
Hemos venido
por lo nuestro – Albert elevó sus cejas imponiéndose ante los presentes.
–
Bien… síganme…
por favor…
El tono de voz que tenía
el hombre era preocupante, se notaba acabado, casi abatido y temiendo por lo
que pudiera suceder cuando entrara en una oficina cerrada con tremendo trío de
asesinos. Los hombres lo siguieron sigilosos, vigilando cada movimiento que el
doctor realizaba… paso tras paso; los hizo entrar a una sala de conferencias en
donde se encontraban un aproximado de 15 especialistas reconocidos dentro de la
institución.
Los chicos no entendieron
lo que sucedía, se miraron entre ellos y luego se quitaron las gafas, las
guardaron en los bolsillos de sus abrigos, Jhonny arregló sus cejas rubias,
Frederick su cabello elevado con fijador y Albert se notaba molesto con sus
labios encogidos. ¿Emboscada? Sería
inútil… esta reunión extraordinaria no
tenía sentido.
–
¿Qué significa
esto? – Albert miró al doctor.
–
Hay unas
cuantas cosas que ustedes deben tener en claro antes de proseguir a lo que han
venido, señores – dijo un hombre al otro extremo de la gran mesa.
–
Ya tenemos
claro a lo que hemos venido – dijo Jhonny sonriendo como un buen niño –
¿Ustedes creen que un consejo de doctores logrará intimidarnos?
Los quince sujetos se
miraron preocupados, claro tenían que ellos tres sin refuerzos podrían
acabarlos en un parpadear de ojos… al hacer el trato de proteger a Krauss
sabían a lo que se estaban enfrentando, sabían
que estaban jugando con fuego y que tarde o temprano acabarían quemándose.
Frederick se acercó a la
mesa, apoyó sus manos en la fría madera barnizada que hacía brillar el mueble,
observó con atención cada rostro de los hombres que estaban allí presentes y con
sus ojos encogidos comenzó a intimidarlos tal como quería.
Charlaron un buen rato
sobre las razones por las cuales no podían dejar ir a “Julia Jackson”, los
agentes los escucharon atentos, oyendo con atención cada punto que trataron,
cada razón que entregaban… en verdad a ellos no les importaba.
–
¿Acabaron? –
recriminó Frederick.
–
¿Acaso no entienden? Estamos tratando un asunto de
seguridad nacional…
Y antes de que el médico
cabecilla acabara la frase un disparo le hizo volar la cabeza, un tiro limpio y
certero atravesó el centro de su amplia frente. El cuerpo cayó como un papel
jugando contra el viento, las miradas de los otros catorce doctores se volvió
temerosa, parecían niños en Halloween.
Sin embargo, los agentes
mantenían su calma, sus rostros fríos y sin expresión los observaban a todos,
fijándose en el pánico que los abordaba en este momento.
–
¿Alguien más
se opone a que nos llevemos a la chica? – dijo Jhonny guardando su arma en el
costado del cinturón.
Un silencio se hizo
presente en la habitación, los doctores se miraron entre ellos esperando a que
alguno tuviera el valor de oponerse a la acción que los presentes estaban a
punto de cometer. Pero nadie dijo nada.
–
Eso pensé
– sonrió con cautela – Llévanos a la oficina para entregarnos el papeleo y los
registros – le dijo Jhonny al doctor que los llevó hasta esa sala.
–
Está bien… síganme – dijo pausadamente con miedo.
Los agentes volvieron a
seguirlo, Frederick salió de los últimos para observar a los doctores antes de
salir, a él le gustaba intimidar a la gente con su mirada… sus ojos pueden
transportar a cualquiera a un mal momento de su vida.
El doctor los llevó hasta
la oficina del segundo piso, cerró la puerta con llave y mientras los hombres
permanecían parados observando el lugar, buscó los documentos requeridos.
Albert se quedó afuera para vigilar cualquier movimiento sospechoso que pudiera
aparecer.
–
¿Estás lista?
Ya vienen por ti, no quieren retrasos – le decía la enfermera de mala gana.
–
No es
necesario que me vigiles, ya no tengo la camisa de fuerza – sonrió perversa una
vez más.
–
Solo
apresúrate ¿vale? No hay tiempo que perder o de seguro ellos me vuelan la
cabeza – no le tomó importancia a sus palabras.
–
No si lo hago yo primero… – susurró mientras se vestía.
–
¿Qué dijiste?
La chica la miro de mala
manera, no respondió nada y la enfermera salió de la habitación sin darle mucho
cuidado al comportamiento de la pelirroja. Terminó de vestirse y golpeó
delicadamente el vidrio polarizado para dar la señal de que estaba lista, la
enfermera luego de unos segundos abrió la puerta y junto a ella caminó por el
largo pasillo que la llevaría a la recepción del segundo piso. El edificio era
largo, extenso e inmenso… podrían caminar más rápido, pero para ambas no había
apuro alguno, más que mal Phoenix ya se había acostumbrado al lugar.
Mientras caminaba vio por
la rejilla de una ventana la rubia cabellera de Alice, quien se percató de su
salida y la miró con odio como nunca antes lo había echo, Krauss lo hizo de la
misma manera tan solo porque había algo entre ambas que nunca se comentó y creó
un rencor sin sentido. Se odiaban por un
misterio…
Caminaron hasta la esquina
este del edificio y al doblar un mar de sensaciones abarcaron la distancia. La
chica se detuvo mientras la enfermera retiraba de una ventanilla las
pertenencias de la pelirroja, Krauss se hipnotizó con tres sombras que
resaltaban por el blanco brillo que ingresaba por el ventanal del pasillo.
Una melancolía extraña la
hipnotizó como a una inocente criatura, una de las sombras se aproximó a
velocidad lenta pero imponente, Krauss soltó la bolsa que traía entre sus
pálidas manos y se derrumbó en el pecho de Jhonny, quien la abrazó con fuerza.
Sus brazos la rodearon con facilidad, era una mujer delgada… más aún después de
perder tanto peso en este lugar.
–
Te extrañé –
le dijo en el oído mientras respiraba en su cuello con un calor pasional.
–
Jhonny…
– su nombre apareció de entre sus recuerdos.
Las manos de la pelirroja
subieron por la espalda del rubio, lo apretaron como pudo, aún se sentía débil
por las drogas que tenía en su cuerpo. Apretaba sus ojos con dolor, la
presencia del hombre más importante en su vida la hizo recordar que aún era
vulnerable a las emociones, aunque no derramó lágrima alguna. Ella nunca lloraba.
Jhonny besó su cabeza
mientras ella depositaba suspiros en el pecho del hombre; atrás… Albert y
Frederick se aproximaron listos para irse, recibieron las pertenencias de la
chica que la enfermera les entregó y salieron del lugar, Albert le tocó el
hombro a Smirnov para indicarle que debían irse.
Salieron de allí, Phoenix
subió al auto del rubio como copiloto, los compañeros de él guardaron las cosas
en la cajuela y subieron a sus vehículos para volver a Rusia tras una jornada
agotadora e inexplicable.
El encuentro tras mucho
tiempo daba para pensar tantas cosas, Jhonny se sentía completo tras casi un
año y medio de la ausencia de su amiga y confidente, ella por otro lado volvía
a cuestionar las cosas que tendría que hacer. Su trabajo era sucio, y aunque le
gustara… la agotaba.
Los tres autos subieron al
avión privado, los agentes también lo hicieron junto a la chica. Emprendieron
vuelo en dirección a San Petersburgo para volver a trabajar en los mandados que
se les dirigían desde el alto mando de ASO.
Al llegar a suelo ruso
eran aproximadamente las cuatro de la madrugada, Jhonny llamó a las oficinas
que funcionaban las veinticuatro horas del día, para pedir el permiso necesario
de que Phoenix Krauss se quedara esa noche con él y presentarla mañana por la
mañana a primera hora, obteniendo como respuesta un no.
–
Tendrás que
quedarte allá por hoy – se disculpó.
–
No esperaba
menos de eso imbéciles.
–
Vendré por ti
apenas pueda, de seguro te llenarán de preguntas…
–
Ya estoy
acostumbrada – sonrió levemente.
La abrazó a las afueras de
ASO, besó su frente, le sonrió y se marchó. Albert y Frederick la llevaron al
quinto piso, en donde ella servía como asesina de alto rango, encontrándose con
los trabajadores nocturnos quienes se asombraron al verla allí luego de mucho
tiempo.
Los agentes dejaron los
documentos en la oficina de su superior y un asistente llevó a la pelirroja a
los cuartos del edificio para que pasara la noche aquí, segura de cualquier
tipo de cosa. Sola, con calefacción y un capuchino para no conciliar el sueño…
como siempre.
Se cobijó en la cama y
comenzó a leer un libro en latín que había entre sus pertenencias, no la
dejarían tener contacto con cualquier otra persona hasta que se de por completa
su reintegración durante la mañana que se aproximaba. Debía seguir aislada
hasta que al superior se le ocurriera aparecer dentro de la compañía.
–
¿Cómo te fue
hoy? – preguntó Helen Smirnov.
–
Bien, fue un
largo día pero valió la pena – sonrió al sentir sus masajes.
–
¿Encontraron a
Phoenix?
–
Si… costó para
que volviera, pero estará con nosotros pronto, debemos esperar a que Xavier
revise los documentos…
La esposa de Jhonny seguía
creyendo profundamente que Krauss era solo la mejor amiga, como agente supo
esconder secretos que siquiera la persona más cercana sabe. Ahora que la chica
estaba libre y por ende estaría más cerca de él las cosas comenzarían a
complicarse… sobretodo porque la estima que siente él por ella no es tan sano
como se puede imaginar.
–
Ya está libre, debes volver a buscarla…
–
Dejémosla
descansar un par de días, el estrés mental que está enfrentando complicará más
las cosas y ni aproximarnos podremos hacer – su voz de preocupación era más
densa que la felicidad que lo dominaba.
–
No podemos dejar que ASO tome riendas sueltas una
vez más, la chica debe estar de nuestro lado… no tenemos tiempo que perder,
Patrick – exclamó su superior.
–
Iré a preparar
mis maletas entonces… una vez más tendré que morir de frío en Rusia – estimó
sin ganas.
–
Es tu trabajo convencerla, no nos hagas perder el
tiempo chico.
Su cuerpo tatuado se
reflejaba a lo largo de un ventanal, colgó el teléfono para arreglar sus
pertenencias y volar así a la tierra del frío. Aunque con el invierno actual,
hasta Italia parecía congelarse más de lo debido.
Guardó su libro sagrado
como primer lugar, tomó los artículos benditos cubiertos por unos blancos
pañuelos sencillos; un poco de ropa acomodó sobre todo para que pareciera un
viaje normal, pero en el fondo él sabía que las cosas se saldrían de control y
acabaría fallando una vez más.
El representante de los
Illuminati preparó su último desayuno, comió con calma y miró las noticias, no
asombrado al ver el titular de la muerte ocurrida dentro del psiquiátrico St.
John.
–
De vueltas a las andadas – comentó para sí mismo – Así que era allí donde
estuvo todo este tiempo… – encogió sus ojos, pensativo.
Apagó el televisor, lanzó
todo al suelo enojado consigo mimo y tomó su maleta para salir de su casa dejando
un caos en su comedor, tomó el primer taxi que pasó por la avenida y emprendió
camino al aeropuerto de Roma, debía llegar pronto a Rusia antes de que Krauss
fuera encomendada a otra misión y debiera perseguirla por otra parte del mundo.
Su labor era exhaustiva y
complicada, pero le gustaba hacerlo… siempre tenía una aventura nueva que vivir
aunque su vida corriera peligro gran parte del tiempo. Los desafíos eran su
fuerte, su paciencia era envidiable y claramente todas sus aptitudes lo
convertían en el indicado para este arduo trabajo de convencer a la chica para
que dejara ASO.
¿Cómo iba a lograrlo? Esa compañía le había dado todo, le salvó la vida
a cambio de otras miles que debían ser acabadas, le dieron refugio cuando no
tenía hogar… la mantienen libre cuando debería estarse secando en la cárcel
hasta la eternidad.
Esa era una carrera que
debía correr, era un desafío que debía asumir. Fuerzas poderosas estaban de su
lado para ayudarlo con este trabajo convertido en vocación para muy pocos…

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