RECUERDOS
El frío abundaba en todo
el lugar, las duras y pálidas paredes reflejaban la angustia que poseía a todos
los residentes de aquel mísero establecimiento. Las voces de los enfermeros
podían escucharse a la lejanía charlando de su rutinario día, como si nada
pudiera divertirlos más que ver el noticiero a las siete de la mañana o luego
al medio día… Parecía mentira que este lugar fuera reconocido a nivel
internacional como un centro de estadía para recapacitación mental.
Las luces permanecían encendidas
casi las veinticuatro horas del día, la luz natural poco se veía en el
interior… los pasillos eran fríos y escalofriantes a simple vista. De hecho,
cuando los días de visita estaban vigentes el lugar cambiaba completamente para
los ojos de los seres que no debían alojarse allí. Las apariencias valían más
que cualquier otra cosa.
Los cocineros se
encargaban de preparar los platos con aturdidores, con drogas exclusivamente
médicas para debilitar la mente de los pacientes, los polvos diluidos en sus comidas
les hacía más fácil el manejo de los enfermos… mucho más que sus medicinas
diarias. Aquellas casi ni provocaban efecto, la fuerza era más útil que las
pastillas, incluso más que las terapias grabadas cada tres días en la sala de
observación.
Afuera… nevaba, aún seguía
cayendo encima el frío invierno de Irlanda. El psiquiátrico St. John era beneficiado por una
localización apartada de la ciudad, alejada de la vida de las personas
normales. Los alrededores del gran edificio no eran más que árboles grandes y
frondosos cubiertos de blanca nieve, plantados sobre fría tierra adornada de
feas rocas con formas extrañas. Tan solo un camino de cemento reluciente podía
guiar a las personas hasta la escalera de entrada que llevaba a los interiores
St. John.
Día a día llegaban
personas nuevas a registrarse como pacientes de este enfermizo lugar, por
motivos médicos realmente asociados con problemas mentales, otros por
decisiones de familiares disgustados por el modo de comportarse de la persona
en cuestión o simplemente por motivos que nos podían ser revelados… Y es ahí en donde la historia comienza su
trama.
Cómo un día cualquiera,
una mañana más dentro de una de las tantas habitaciones para esquizofrénicos,
nuestra chica descansaba siendo aprisionada de movimientos gracias a las camisas
de fuerza que la obligaba a permanecer recostada gran parte del día.
Sus ojos lucían cansados,
su sonrisa permanecía apagada desde hace muchos años… desde que era una niña.
Tal vez lo único que la hacía diferente al resto de personas de este lugar era
su cabello color rojo intenso, como la pasión de una rosa roja… como la sangre
que corría por sus manos antes de llegar aquí.
El registro de su ingreso
indica una fecha estimada en 412 días, es decir que lleva poco más de un año
internada con un supuesto diagnostico de “Esquizofrenia-sicótica”,
lo cual la vuelve una amenaza para la sociedad en la que actualmente vive el
mundo. Pero claro, aquí nada tiene sentido… todo parece ser mentira, los
diagnósticos pueden ser fácilmente manipulados por cualquiera y éste puede ser
uno de los tantos casos.
Los enfermeros la
observaban desde el otro lado de la ventana polarizada, la miraban como ella
atacaba con sus ojos la pared que se encontraba al otro extremo de donde ella
se encontraba, sin expresión alguna en su pálido rostro, como si estuviese
esperando que algo ocurriese. Ellos se observaban desconcertados, un poco
hartos de que esto fuera pan del día a día.
–
¿Cuándo se le ocurrirá moverse? – reía uno de ellos.
–
Tal vez tenga hambre…
–
Aún no es hora de comer – respondió su superior – El desayuno fue hace
menos de tres horas… tal vez le hace falta su medicina – le sonrió pensando
algo.
–
Es muy temprano para eso – le contestó riendo el otro – Será mejor que
la llevemos con el grupo de charla, para sacarla un poco de esa habitación,
debemos tratar al hombre pájaro – rió poniendo comillas en las últimas
palabras.
–
Vale, vale… vamos por ella, espero que no nos muerda hoy…
El
otro rió y le golpeó el brazo, abrieron la puerta normalmente y caminaron hasta
la chica que yacía sentada de rodillas cruzadas junto a su blanca camilla. Ella
los observó soberbia y con una extraña sonrisa en su rostro, lo que no llamó la
atención de los enfermeros.
La
llevaron cada uno de los codos sobresalientes por la camisa de fuerza y la
sentaron en una de las sillas que había en el círculo de terapia conformado por
la doctora Rumsfeld, con cautela ella sonrió y siguió escuchando a uno de los
tantos pacientes presentes que relataba uno de sus extraños sueños.
Cuando éste acabó, los ojos
se centraron en la pelirroja quien miraba con desanimo a sus alrededores,
queriendo desaparecer de allí. La doctora sonrió al mirarla como hacía con
cualquiera, pero los otros pacientes sabían que a ella no se podía mirar así.
–
Bien Julia… cuéntame, ¿cómo has estado?
Simplemente el silencio
abordó la sala cuando las miradas de ambas mujeres se toparon, la chica no
pretendía ser amable ni mucho menos sonreírle, tan solo unas frases pudieron
salir de su boca tan apagada.
–
Ese no es mi nombre…
Para
todos los presentes era una batalla de todos los días, ella renegaba aquel
nombre, grandes discusiones se desataban cada vez que intentaban convencerla de
que Julia era su nombre, pero lo negaba una y otra vez hasta que perdía el
control de una manera desaforada. Los enfermeros reían atrás mientras
observaban el circo romano que podría ser desatado como en cada terapia a la
que la pelirroja asistía por obligación.
–
Está bien, pero ya debes asumir el nombre cielo… negarte a ti misma es
como no aceptar el hecho de que estás viva – sonreía convencida la mujer.
–
Problema mío.
–
Pero nosotros estamos para ayudarte con tus problemas…
–
¿Acaso no te das cuenta? – encogió sus ojos y comenzó a intimidar a la
multitud – Ustedes no me han ayudado en nada, cada día que pasa los odio más y
provocan que mis manos aclamen su sangre entre mis dedos…
–
Tranquilízate Julia, así no se resuelven los problemas – la doctora
mantenía su tono pasivo.
–
Cuando salga de aquí vendré por la noche y acabaré contigo como debí
hacerlo el primer día en que me llamaste loca – su voz comenzaba a ponerse más
ronca a medida que sus ganas de hablar disminuían.
La
doctora se sentía incómoda y llegaba al punto de asustarse, la chica perdía el
control casi siempre… era mejor prevenir cualquier tipo de accidente y pidió
que la devolvieran a su cuarto. Al llegar allí la recostaron en su camilla,
mirando el techo blanco y frío que brillaba más de lo normal gracias a las
luces de la habitación. Ella podía sentir que pronto todo acabaría, que saldría
de este lugar en el cual fue torturada como una enferma siendo tal vez la mujer
más inteligente, mucho más que todos los de aquí juntos.
En
el mismo lugar, junto a su camilla podía ver una sombra que la observaba,
sentía el frío recorrer sus piernas desnudas, apreciaba cada detalle
distorsionado del paisaje del cuarto que rodeaba aquella extraña sombra que
permanecía a su lado. No se asustó, no le asombraba nada… muy por el contrario,
para ella era normal ver entes que la perseguían, que la vigilaran o que le
acompañasen.
–
Queda poco… tan solo
unos días.
–
Lo sé, no me preocupo de ello… solo me estoy hartando de esto, hace
mucho frío en este lugar y detesto la comida – respondió.
–
Te están esperando.
–
Es obvio… no
les conviene dejarme – sonrió.
–
¿Vendrás con nosotros…?
Y guardó silencio cuando
en su mente comenzaron a aparecer imágenes de años anteriores, en los que tuvo
que participar como asesina de una especializada organización que la obligaba a
matar gente que se entrometía en asuntos del gobierno. El rostro de un hombre
rubio de tez blanca y ojos azules como el mar permanecía entre sus memorias,
recordaba que él era importante… pero gracias al efecto de todos los
medicamentos ilegales que le hacían ingerir no recordaba su nombre. Más que mal
desde hace más de un año que no veía a nadie, no obtuvo visitas en todo el
tiempo que ha permanecido aquí… ha estado sola con aquellos fantasmas que la
persiguen todo el tiempo. No tiene a nadie.
–
¿Cómo han estado las cosas?
–
Hoy en la
mañana tuvo otra reacción agresiva, pero pudimos controlarla antes de que
hiciera cualquier cosa – respondió el enfermero.
–
Me parece bien
que prevengan cualquier tipo de situaciones, ya sabes que si pierden el control
se van todos a la mierda – elevó las cejas aquel hombre importante.
–
Descuide, lo
tenemos claro…
–
Vendré por
ella en dos días, no quiero reportes grabados y espero que eliminen toda la
documentación. Si me entero de que han copiado los archivos… afróntense a las
consecuencias.
–
¿Dos días? ¿No
cree que es muy pronto…? – dijo el enfermero exaltado.
–
Ya ha pasado
más de un año, es tiempo más que suficiente – lo miró.
–
Pero no hemos
progresado en nada… ¡Es un peligro!
–
Es nuestra
chica, sabemos tratarla – golpeó la mesa enojado – ¡Tú no me vienes a decir lo
que tengo que hacer!
El enfermero abrió sus
ojos asombrados, asustado por la reacción del estratega más importante de la
Organización Social Anarquista-Independiente (ASO), quien había sido el culpable de la estadía de la chica
en este lugar, para librarla de cualquier cargo que pudiera existir en su
contra luego del asesinato del vicepresidente de los Estados Unidos. Un simple
error y tuvieron que internar a Phoenix
Krauss en un psiquiátrico para que dejaran de buscarla por toda Europa.
Nadie debía saber quien
fue el culpable, mucho menos atraparla… era un arma muy importante para la
organización que abarca con todos los países asociados en contra del gobierno
capitalista e industrial Norteamericano, especialmente con Estados Unidos.
Además, al encerrar a
Krauss en este lugar, ASO se aseguró de que los Illuminati dejaran de perseguirla… la chica al tener
contacto con fantasmas y entes del “otro
mundo” la convierte en un enlace entre ambos mundos, lo que claramente
podría ser usado para mal y los Illuminati querían prevenir cualquiera de esas
situaciones.
ASO e Illuminatis… una
guerra que venía siendo arrastrada desde hace años y que se mantiene a pesar de
la situación complicada en que la chica se encuentra. Es una asesina, de eso no
cabe dudas, pese a ello la organización espiritual más importante del planeta
quería resguardarla ¿Por qué? Pues
las razones solo las conocen ellos.
–
Bien,
comencemos una última vez ¿vale?
–
No tendrás
nada de lo que quieres, solo pierdes el tiempo.
–
Vale la pena
intentarlo Julia… Dime ¿Qué hacías antes
de estar aquí? – levantó las cejas.
Una mesa, dos personas en
ella… de un lado el doctor James Claver,
del otro lado “Julia”, al costado de ambos había una cámara grabando todos los
gestos de la situación y más que nada las respuestas que ella podía entregar
frente a una serie de registros. Cada paciente tenía hojas y hojas de
conversaciones con este doctor ¿Cuántas
tenía Phoenix? Apenas una, y tan
solo hasta la mitad estaba escrito, solo con fechas sin ninguna observación, su
silencio valía oro.
–
Vamos niña,
así nunca te irás de aquí. Colabora un poco, si no aportas algo no podremos
ayudarte con tu problema…
–
Yo no necesito
su ayuda.
–
Claro que sí,
mírate. ¿Crees que alguien como tú está en su sano juicio?
–
¿Acaso alguien lo está? – sonrió perversa.
–
Cuéntame más…
¿Qué piensas del mundo? – se mostró interesado por su respuesta, era algo que
podía servirle.
Tuvo que decir aquello
para que la chica sonriera, apretara sus manos bajo la camisa de fuerza y
guardara un silencio sepulcral. No
hablaría ni aunque la torturaran otra vez, con los años aprendió a recibir para
dar, y eso no era precisamente lo que estaba pasando, por ende ella no ayudaría
al interesado hombre.
Normalmente aquellas
sesiones con Phoenix duraban horas, aquel día duró no más de 5, y sin avances
como era de esperarse. La llevaron a su frío cuarto una vez más, una de las
enfermeras de turno la alimentó y luego la cobijaron para que durmiera, siendo
presa de los ruidos tortuosos de la noche.
Por los pasillos se
arrastraban pies de almas en pena, de pacientes que eran llevados al infierno
en vida. Un cuarto en el sótano era usado como sala de cirugía “Pro-ayuda mental” en donde no hacían
más que experimentos, los cuales podrían ayudar a las personas con problemas,
pero en verdad nada era seguro… solo los hacían sufrir.
Sus ojos permanecían
abiertos de par en par mirando el techo, escuchando cada conversación que
tenían los doctores y enfermeros mientras pasaban por las afueras llevando
gente abajo, haciendo a la chica recordar las veces que ella tuvo que ser
carnada, pero no de las fáciles sino que la más peligrosa. Desde entonces que
la obligan a usar la camisa de fuerza.
Los tacos de los zapatos
retumbaban en el frío suelo de baldosas, podían escucharse por todo el
edificio. Los susurros pidiendo ayuda eran lamentos hermosos como una canción
de cuna. El frío jugaba con la mente de los pacientes en las habitaciones
vecinas mientras la pelirroja podía mantener la calma para poder dormir lo
suficiente y no rendirse para ser victima de gritos agresivos que aclamaban un
nombre que ni siquiera le pertenecía ante aquellos seres llamados
profesionales, o ante las sombras que la acosaban en todo momento pidiendo
ayuda inútil, como si pudiese salvarlos de algo que era inevitable; debía
permanecer alerta ante todo… para no bajar la guardia ante un mundo que solo
quería devorarla y acabar con ella tal vez por siempre.
–
Esto acabará pronto… el sol volverá a salir
mientras el silencio cae sobre ellos, no desesperes querida…
–
Cállate,
intento dormir – recriminó.
–
Duerme criatura… descansa, mañana será un largo
día…
–
Cómo digas
¿Puedo dormir ya? – cerró los ojos ante la fría pared que estaba junto a ella.
Discutía sola ante los
ojos de cualquiera, pero los fantasmas siempre la acompañaban. La creían loca,
y con eso mucha razón, pero algo tenía de especial incluso para atraer a esas
cosas.

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