AGONÍA.
El día llegó entregando
luz al frío entorno de Irlanda. A las afueras de la ciudad más próxima al
psiquiátrico St. John permanecía una constante vigilancia por parte del centro
de seguridad de ASO, liderado ni más ni menos que por el mismísimo Jhonny Smirnov, quien esperaba ansioso
a que las horas avanzaran para que se aprobara la liberación de Krauss.
El lujoso poder que poseía
la organización estaba sufriendo varios problemas dentro de la dirección
superior del establecimiento de recapacitación mental, no querían aprobar la
salida de la chica que claramente era una amenaza, eso ponía en juego los
planes del ruso y obviamente de la asociación.
Dentro de St. John el día
se desarrollaba con normalidad (dentro de
lo que se le puede llamar), las conversaciones con los pacientes no
parecían salirse de contexto… al menos hasta el turno de nuestra vigilada
Julia…
–
Corre el rumor de que hoy van a sacarte – le decía otra paciente.
–
Corren muchos
rumores por aquí.
–
¿Pero es
verdad? – le miró dudosa.
–
No lo sé,
cuando entré me dijeron que me sacarían antes de lo que creía… y aún no vienen
por mí, ya no sé que pretenden dejándome aquí – le respondió sin ganas.
Alice Graf,
una deportada noruega. Con la única mujer que ella se dignaba a hablar, podían
mantener una conversación en idiomas que nadie comprendía… era tal vez con
quien se sentía más a gusto, incluso mejor que con ella misma. La razón por la
que Alice se encontraba aquí era incierta, pero era muy parecida a Phoenix, era
inteligente y sabía engañar a la gente, aunque nunca charlaron sobre a qué se
dedicaban antes de estar aquí… claramente
problemas mentales no eran.
Los enfermeros las
observaban desde la lejanía, una chica rubia y una pelirroja charlando en
latín. Era una situación extraña, confusa y un poco enfermiza, siquiera
mantenían miradas más de cinco segundos, parecía que hablaran contra una pared
la una con la otra… eso mantenía nerviosos a los presentes.
Aquella mañana una
paciente murió de sobredosis de cloroformo, un acontecimiento que mantenía
nervioso a todo el personal… era extraño que un paciente se haya suicidado,
aunque para sus compañeros del diario vivir era como salvarse del maldito
calvario. Se convirtió en un héroe
anónimo.
–
¿Cómo
machacaremos este lugar?
–
Ya comencé a
hacerlo…
–
¿Fuiste tú la
responsable por lo de la habitación 501? – la miró de costado, su voz sonaba
sin asombro.
–
Solo
fastidiaba, en realidad a nadie le importa lo que aquí pase – la miró – Y eso
tú lo sabes.
Alice levantó las cejas
sin querer seguir hablando del tema. Ambas eran de pocas palabras y matar el
tiempo en un lugar como éste era casi imposible, la única escapatoria era
esperar a que el tiempo avanzara, no había mucho que hacer. Participar dentro
de las actividades en grupo no era precisamente lo que ambas deseaban hacer.
–
Esquizofrenia-sicótica…
no es menor, señor.
–
Ese no es su
problema – dijo con voz de mando.
–
Claro que lo
es, esta institución se preocupa de su inquilinos como cualquiera lo haría… no
podemos dejar ir un paciente sin haber solucionado su problema – frunció el
seño, estaba perdiendo los estribos.
–
Ambos sabemos
que no todos aquí son enfermos – encogió sus ojos y bajó el tono – Te daré un
día más, mañana volveré y quiero todo el maldito papeleo dentro de una bolsa
con todos los registros ¿de acuerdo?
–
¿Y si no lo hago? – sonó a desafío.
–
Afróntate a
las consecuencias… tú sabes que no debes jugar con fuego pequeño – le dio una
palmada en el hombro y se dirigió a la puerta – No me hagas comenzar una
masacre mañana por la mañana…
El hombre quedó allí una
vez más, apretando los labios y frunciendo el seño mientras se maldecía a sí
mismo, aceptar un trato con ASO tal vez fue un grave error, más aún aceptar a
gente tan peligrosa dentro de las propias instalaciones que alberga a cientos
de verdaderos inocentes incapacitados para salvar su propia vida.
Albert Fray salió del
edificio con sus gafas oscuras bien puestas, caminando como un hombre
desafiante con su abrigo abierto meneado por la fría brisa de Irlanda; atravesó
las barreras de protección de la entrada y subió al auto, pidiéndole al chofer
que lo llevase hasta la ciudad.
El auto aparcó en la
esquina de la avenida principal junto a otro par de oscuros autos blindados y
polarizados, bajó con cuidado y se quitó las gafas cuando estuvo frente a
frente con Jhonny, quien mostraba cierta preocupación en la mueca de sus cejas
rubias y desvanecidas.
El frío corría con más
fuerza mientras ambos hombres permanecían parados charlando sobre la actual
situación en la que se encontraban, las aves volaban y entregaban un canto de
sufrimiento a medida que se posaban en la orilla del edificio de la calle del
frente, parecía que nevaría…
–
Hoy no
podremos sacarla – dijo sin más.
–
¿Qué mierda
pretenden? – Smirnov se mostró enojado.
–
Curarla – rió
Albert – Como si de verdad fueran poderosos, Krauss es un caso perdido – rió
con más ganas – Les di un día más, si no cumplen… tomamos cartas en el asunto.
–
A ellos no les
conviene que ASO pierda confianza en ellos… están cavando su propia tumba –
negó con su cabeza sin comprender - ¡Ellos saben que la chica no está enferma!
–
Sabes que solo
la quieren por el dinero… les importa una piedra su estado Jhonny, no suenes a
ingenuidad que para eso está Alice.
–
A estas
alturas ya deben haberse conocido…
–
No digas eso,
ni se te ocurra pensar en ello – lo interrumpió rápidamente.
Intercambiaron miradas
dudosas, sufridas y desconcertadas. Jhonny estaba molesto al saber que tenía
que esperar un día más para poder volver a tener contacto con su chica
preferida, con el arma que lo llevó tan lejos hasta donde hoy se encuentra. No
estaba dentro de sus planes abandonarla como ASO había echo con Alice Graf, que
por coincidencias de la vida… se había conocido con la pelirroja.
Subió al auto y volvió al
hotel para pasar un día más en las frías afueras de la ciudad, llamando a su
esposa para indicarle que todo estaba bien y que seguía vivo. También para
hablar con su pequeña hija de apenas ocho meses de vida, una noticia más para
contarle a su amiga cuando salga del encierro.
La noche se hacía fría y
dolorosa a medida que las medicinas eran inyectadas en el cuello de Krauss,
aclamando tranquilidad y rigidez, cualquier movimiento podría lograr que la
jeringa ingresara por donde no debía y acabar con ella instantáneamente. Las
drogas después de mucho tiempo estaban logrando afectar su mente, borrando
ciertas ocasiones de su pasado, nombres, fechas importantes, lugares, personas.
Eso no le agradaría para nada al superior de la organización en ASO, podría ser
un punto en contra y ordenarían su despido… por ende: su muerte.
A ella en sí le daba lo
mismo permanecer viva o muerta, ser una rata de experimento o estar corriendo
por el mundo mientras persigue a un sujeto para matarlo. Se adapta con el
tiempo, le es indiferente todo tipo de situación, no tiene nada que perder,
nada en qué apoyarse… ella está sola.
La devolvieron a su
habitación completamente dopada, perdiendo el centro de mira, con las pupilas
dilatadas y sin poder distinguir figura alguna, su boca no podía cerrarse y su
saliva se esparcía cayendo hasta la almohada, su respiración se mantenía
calmada… su presión arterial estaba apagándose, su pulso se estaba yendo.
–
Su sistema al
fin se doblegó – dijo con orgullo una enfermera.
–
Podría ser el
momento adecuado – acotó el doctor de turno.
–
Espere un par
de minutos, siquiera puede hablar…
–
No podemos
esperar, debemos obtener información antes de que recobre el conocimiento –
frunció el seño tomando una cartola y un lápiz.
–
Tenga cuidado
señor – la enferma apretó su brazo esperanzada y preocupada.
Asintió sin más y entró en
el cuarto, miró a la ventana polarizada y observó su reflejo atemorizado, tomó
una silla y se sentó junto a la camilla, observó a la chica que parecía un
animal desahuciado… daba asco y temor al mismo tiempo.
Comenzó a hacerle preguntas
sin obtener respuestas, podía fijarse en como las manos de la pelirroja se
movían desesperadamente bajo la camisa de fuerza ajustada, de seguro si no
estuviera usando aquello él ya estaría muerto al otro lado del cuarto.
Agradeció aquel artefacto y prosiguió preguntando, ella lo miraba conciente
pero no podía reaccionar porque el medicamento le impedía moverse, no tenía
control de su cuerpo.
–
Vamos chica…
dime algo que pueda servirme… sé a la perfección que no estás aquí por milagro…
¿qué te trajo hasta St. John…? – suplicó en un susurro.
–
¡¡¡Vete de aquí…!!! – gritó ella aguantando el dolor con una voz
aterradora.
El doctor se asombró
bastante, su corazón saltó hasta su garganta logrando asustarse como nunca en
su vida, el impacto fue tremendo. Lanzó por reflejo todo lo que tenía en sus
manos, se puso de pie rápidamente lanzando la silla al otro lado de la
habitación.
La chica apretaba sus ojos
con fuerza como reteniendo algo en su interior, apretando sus piernas la una
con la otra, el doctor notó que sus manos ahora se movían con más fuerza bajo
la camisa… ¿Qué le estaba pasando?
La curiosidad de
investigar era más fuerte y el doctor no abandonó la habitación cuando la
enfermera se lo pidió dando golpes en la ventana polarizada, él quería
averiguar que estaba pasando, y de seguro no terminaría bien.
–
¿Qué te sucede? – dijo esperando una respuesta.
Las luces se apagaron de
improviso causando pánico y terror en el hombre, no había ruido alguno. Pasó
así un par de segundos lentamente hasta que la luz volvió y la pelirroja se
encontraba sentada en el borde de su camilla mirándolo fijamente. El pulso del
doctor sucumbió ante terrorífica imagen, no sabía que pensar, no sabía lo que
podía pasar…
–
¿Qué pasa
doctor…? ¿Tiene miedo? – sonrió intimidante.
–
Pero… ¿Qué… dem…?
– su espalda chocó contra la pared, no podía seguir retrocediendo.
–
Le advertí que
se fuera doctor… – encogió sus ojos sigilosamente.
Con cautela y sin
preocupación la chica bajó de la camilla, sus pies descalzos caminaban hacia el
doctor lentamente, causando pánico y un estrés colosal en el interior del
hombre. Lo único que él quería era salir de la habitación que por una razón muy
extraña parecía que no tenía escapatoria… la
puerta había desaparecido.
La enfermera del otro lado
no podía ver nada, algo había oscurecido la ventana polarizada desde el otro
lado, algo desconocido estaba jugando a favor de Krauss.
Movía su cabeza a un
costado lentamente, luego al otro como un cazador investigando a su presa. El
especialista se escabullía cada vez que la chica lograba acercarse más de la
cuenta hasta él, corría de esquina a esquina mientras ella lo perseguía sin
apuros, sin preocupaciones… como si pudiera hacer esto toda la noche.
La luz se volvió a apagar
unos segundos, una risa malvada se escuchaba entre la oscuridad, él se acorraló
en un rincón y el rostro de la chica apareció frente a sus ojos con una mirada
bañada en sangre que lo hizo gritar de horror.
–
No perturbe una mente que no le pertenece… doctor – su voz era un susurro aterrador.
Y antes de que pudiera
reaccionar… la imagen cambió completamente, despertó de un trance extraño, como
si nada hubiera pasado.
La chica seguía apretando
sus ojos con fuerza, la enfermera golpeó la ventana con cautela como si fuera
la primera vez que le advertía que saliera de allí. Parecía que recién había
entrado en la habitación.
Un escalofrío recorrió su
espalda, miró rápidamente a la chica y se peñiscó la mano para saber si era
real, dolió… era real, pero entonces… ¿Qué
había pasado?
Sin pensarlo dos veces
tomó sus cosas y salió de la habitación acelerado, más que nada asustado por lo
que había visto tal vez solo en su propia mente. Llegó donde la enfermera y el
comentó lo que le había ocurrido, ella negó todo: nada de lo que el relató
había pasado. ¿Su imaginación? Tal
vez fue la chica. Y si no… ¿Qué?
Krauss se tranquilizó
cuando el hombre abandonó la habitación, se sentía agotada y su ojos volvían a
estar tranquilos, poco a poco volvía a ver con claridad. Las sombras
aparecieron junto a su cama una vez más, esta vez un grupo de encapuchados la
observaba como esperando a que se moviera.
Suspiró cansada por el
esfuerzo que la droga la obligaba a hacer para resistir sus efectos, cerró sus
ojos agotada y las caricias de manos esqueléticas la arrimaron para lograr un
sueño en paz. Las presencias no la abandonaron durante la noche, permanecieron
allí para prevenir que una vez más su mente fuera manipulada…
–
¡Juro que esa
chica trató de matarme! – gritaba alterado en la oficina.
–
¿Cómo va a
hacer eso? Tiene una camisa de fuerza… – rió uno de sus colegas.
–
Yo no estoy
loco – suplicó alterado – Deben creerme, ¡ella está enferma!
–
Walter, tal
vez el turno nocturno te está haciendo mal – dijo el superior perturbado por su
actuar.
–
Estoy seguro
de lo que vi – recalcó.
El consejo de la dirección
del psiquiátrico St. John comenzaba a dudar de las capacidades de sus doctores,
no era el primer caso de mente perturbada a causa de Phoenix Krauss, más bien
dicho… Julia. Y el director ya estaba
preguntándose para sí mismo las razones de todo esto, ASO estaba insistente con
su liberación y cada vez que alguien quería intervenir en su tratamiento…
acababa dando relatos de cosas absurdas y extrañas de las cuales solo ellos
fueron testigos.
¿Qué estaba pasando
realmente con la chica? Valía la pena dejarla un tiempo más para investigarla,
pero al mismo tiempo la institución corría riesgo de acabar bajo las llamas,
bajo la opresión de una organización con poder suficiente para mandar todo al
demonio.
Decisiones… decisiones difíciles de tomar.
El día había llegado, los
representantes de ASO se dirigían hacía el psiquiátrico lentamente conduciendo
en sus lujosos y oscuros vehículos como personas importantes, con sus gafas
oscuras para ocultar las miradas irónicas y certeras que jugarían un papel
fundamental esta mañana.
A medida que se acercaban
Jhonny apretaba el volante con más fuerza de la necesaria, sus labios oprimían
el aire saliendo de su boca, sus ojos se mantenían encogidos en el camino que
se hacía extenso, parecía que nunca llegaría al maldito psiquiátrico.

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